Hay un negocio que revisas más seguido de lo que te gustaría admitir. Tal vez sea un competidor al otro lado de la ciudad. Tal vez sea la empresa de un excolega, o un nombre que no deja de aparecer en tu feed con otro logro. Te dices a ti mismo que solo te estás manteniendo informado. Pero, en el fondo, estás llevando la cuenta.
Todos los dueños de negocios lo hacen. Compararse puede parecer ambición: eso que te mantiene alerta y en movimiento. Pero si no lo controlas, poco a poco va cambiando tu tranquilidad por los momentos más destacados de otra persona.
Para un empresario católico, compararse con los demás conlleva un peligro especial. No solo te genera ansiedad, sino que desvía tu atención del trabajo específico que Dios te ha confiado y la centra en el trabajo que Él le ha confiado a otra persona.
La comparación miente sobre dos cosas
Primero, miente sobre ellos. Estás comparando lo que pasa detrás de escena —el déficit de flujo de caja, esa conversación que tanto te asusta, la duda que te despierta a las 3 de la mañana— con lo mejor que muestran al público. Esa comparación nunca fue justa, y nunca tuvo la intención de serlo.
En segundo lugar, te miente. Te susurra que tu valor es relativo, que solo te va bien si te va mejor que a otra persona. Pero tu negocio tiene una vocación que no le pertenece a nadie más: un grupo específico de personas a las que servir, una comunidad específica a la que bendecir, un testimonio específico que solo tú puedes dar. Nada de eso aparece en el marcador de nadie más.
El antídoto es la gratitud.
El objetivo no es que te importe menos la excelencia. Se trata de basar tu ambición en algo más sólido que la empresa de al lado. Las Escrituras son muy claras sobre los celos: “apodrecen los huesos” (Prov. 14:30). San Juan Crisóstomo, uno de los primeros Padres de la Iglesia, enseñó que practicar activamente la gratitud es la forma más directa de vencer los celos. Animaba a los creyentes a agradecerle a Dios no solo por sus propias bendiciones personales, sino también por las bendiciones de los demás. Decía que al enfocar la atención en la alegría, el alma se libera de las comparaciones y los celos, y se fortalece el verdadero amor al prójimo.
Así que esta semana, intenta dar un giro sencillo. Cada vez que te des cuenta de que estás comparando tu negocio con el de otra persona, piensa en algo por lo que estés agradecido en el tuyo: un empleado leal, un cliente al que realmente ayudaste, una cuenta que pudiste pagar, un problema que resolviste discretamente y del que nadie se enterará jamás. Deja que la comparación en sí misma sea tu motivo para dar gracias.
Corre a tu propio ritmo
San Pablo les dijo a los Gálatas que “cada uno debe examinar su propia obra, y así tendrá motivos para jactarse solo de sí mismo, y no de otra persona; pues cada uno llevará su propia carga (Gálatas 6:4-5)”. No estaba promoviendo el orgullo, sino que lo estaba redirigiendo.
No te compares a ti mismo ni a tu empresa con los esfuerzos de otros. Evalúa tu trabajo según el llamado que Dios te ha confiado a través de este negocio, porque en el Reino de Dios no hay competencia.