Has hecho algo extraordinario. Has consagrado tu empresa: la has puesto en manos de Dios y lo has invitado a cada rincón de ella. Eso no es solo algo que se hace una vez. Es un compromiso diario. Y, como en cualquier relación, tu vínculo con Cristo crece a través de un tiempo constante e intencional que pasas con Él.
Sabemos que las exigencias de dirigir un negocio son reales. Los correos, las decisiones, la gente que cuenta contigo… el día se llena rápido. Pero orar no requiere horas. Requiere intención. Aquí te presento tres formas prácticas de integrar la oración y la meditación en tu rutina como dueño de un negocio.
1. Empieza tu día con Dios
Antes de que el calendario, el correo electrónico y las llamadas telefónicas se apoderen de tu día, dedícale a Dios los primeros momentos de tu mañana. No tiene que ser nada complicado: incluso diez minutos de silencio con las Escrituras y la oración pueden reorientar tu corazón antes de que comience el ajetreo. Aprovecha nuestras reflexiones diarias sobre el Evangelio que te enviamos por correo electrónico. Pídele que guíe tus pensamientos, proteja tus palabras y obre a través de ti en las horas que vienen.
La constancia se logra a través de la sencillez. Si es necesario, pon tu alarma entre 10 y 15 minutos antes. Protege ese tiempo como si fuera tu reunión más importante, porque lo es. Empezar bien no garantiza que el día sea fácil, pero te une a Aquel que tiene el control del día.
2. Reza antes de tomar decisiones, no solo después de tomarlas
Los empresarios toman docenas de decisiones todos los días: algunas pequeñas, otras importantes. Uno de los cambios más poderosos que puedes hacer es poner la oración al frente de ese proceso, en lugar de recurrir a ella solo cuando las cosas salen mal. Antes de una conversación difícil, una decisión financiera importante o incluso una reunión complicada, haz una pausa e invita a Dios a participar. Pueden ser treinta segundos. Puede ser un susurro: “Señor, guíame”.”
Con el tiempo, esta práctica va transformando tu forma de liderar. Te vuelves menos reactivo y más perspicaz. Empiezas a darte cuenta cuando una “buena” oportunidad no te convence del todo, o cuando una suave señal te está indicando otra dirección. Orar antes de tomar decisiones es lo que hace que la consagración sea más que un simple momento: se convierte en una lente a través de la cual ver las cosas.
3. Termina el día con gratitud y deja ir
Los dueños de negocios suelen ser los últimos en dejar atrás el día. Llevas el peso de lo que no se logró hacer, de esa conversación que salió mal, de la preocupación por el mañana. La costumbre de rezar por las noches te ofrece una forma saludable de dejar todo eso atrás. Agradece a Dios por lo que hizo, incluso en los momentos difíciles, y deja ir lo que no puedes controlar. Se dice que el papa San Juan XXIII se iba a dormir por las noches diciendo: “Es tu Iglesia, Señor, me voy a la cama”. Tú también puedes recitar algo parecido.
Intenta terminar cada día de trabajo pensando en tres cosas específicas por las que estás agradecido y una cosa que le vas a confiar a Dios para mañana. Este sencillo hábito fortalece la fe con el tiempo. Empiezas a ver Su mano con más claridad y descansas mejor sabiendo que el negocio le pertenece a Él.
La constancia en la oración se forja a través de la acción repetitiva, lo que fomenta una relación con Aquel que más importa. Ya le has dicho que sí a Dios con tu compañía. Estas tres prácticas son la forma en que sigues diciéndoselo, todos los días.